Mateo 13 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga.

Una de las parábolas de Jesús donde siempre encontramos enseñanzas es la parábola del Sembrador y el día de hoy me basaré en ella para ir mostrándoles cuál debería ser nuestro tipo de tierra. 

Los de “junto al camino”, dice la biblia que la semilla cayó junto al camino y vinieron las aves y se la comieron. Es decir, el tipo de tierra que escucha la palabra, la recibe con gozo, pero luego no entiende lo que Dios dice, y se deja robar la palabra por el enemigo. 

Podemos escuchar la palabra, decir amén, podemos creer, pero como es una tierra superficial, cualquier cosa que venga entonces se robará la palabra. 

Son personas que no tienen una profundidad con Dios, pues su única conexión con el padre es la que tienen un día que se congrega, o lo que pueden ver en las redes. 

Los que no tienen raíz, y si estudiamos bien la raíz esto es uno de los elementos más importantes. Una buena raíz producirá frutos, estabilidad, pero una raíz débil no puede generar lo mismo. 

Debemos antes que nada cuidar la raíz, entender que si no fundamentamos nuestra vida en Cristo, cualquier cosa puede apagar nuestra fe, y terminar alejándonos de Dios. 

Cuando no cuidamos nuestra fe, cuando dejamos de alimentarnos con la palabra, cuando perdemos la pasión por servir a Dios, por orar, congregarnos, y ser fiel a sus principios, entonces estamos siendo débiles en la fe, y no lograremos avanzar. 

Los que caen en espigos, y este otro tipo de tierra podríamos decir que es la que se deja agobiar por las cosas de este sistema, por las cosas incorrectas, por los males de esta sociedad, por la tecnología, el dinero, las redes sociales, y es donde los espinos de este sistema terminan ahogando la palabra de Dios. 

Los de buen fruto, y este es el último tipo de tierra. Estoy segura que no hablamos de una tierra perfecta, pero si de aquella que recibe la palabra, la vive, y da su fruto. Son aquellos que caminan genuinamente apegados a Dios, que viven por fe y se dejan guiar por su espíritu santo. 

Todos los días de nuestra vida, debemos preguntarnos ¿Qué tipo de tierra somos?

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