Lucas 8: 43 “Pero una mujer que padecía flujo de sangre desde hace 12 años, y que había gastado en medico cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, 44se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto, y al instante se detuvo el flujo de sangre”. 

Alrededor de 12 años tenía la mujer del flujo de sangre padeciendo esta enfermedad; una condición que para esta época era impura, maligna, y de vergüenza. Sin embargo, a pesar de ello, un día tuvo un encuentro divino con su creador y su condición de fe la llevó a obtener el milagro.

Cuando leemos la historia de la mujer del flujo de sangre, podemos ver un ejemplo digno de admirar. Estamos hablando de una mujer que pasó durante mucho tiempo llevando la cruz de la enfermedad, tal vez no solo se enfrentaba a un diagnóstico médico, sino que seguramente era mal vista por quienes le rodeaban. 

Solo podemos imaginar por un momento, una mujer con una hemorragia imparable, a lo mejor esto la llevo a no tener hijos, pareja, o llevar una vida normal; por lo que podemos decir que seguramente estaba en un ciclo que podía ser un tormento. 

Hasta que un día tomó la decisión de correr al maestro, y su pensamiento de fe fue: ¡Si tan solo tocaré el borde de su mando!

La mujer nunca dijo: ¡Tengo que hablar con Jesús!, ¡Tengo que contarle mi condición!, ella solo sabía que en medio del mesías estaba el poder sanador que podía restituirla, por ende a pesar de la multitud, ella logró tocar el borde de su manto. 

Cuando uno lee el pasaje que está en Lucas Capítulo 8, uno se encuentra que Jesús era arropado por la multitud, pero el acto de fe de esta mujer desencadenó algo tan especial que el maestro inmediatamente dijo: ¿Quién me ha tocado?, a pesar de que una gran multitud estaba detrás de él, arropándolo. 

Si podemos reflexionar en algo, es el corazón con el que la mujer se acercó al maestro. No hay duda que ella sabía que este era su mejor momento para recibir sanidad, era la manera en que podía alcanzar el milagro a su vida, solo debía tocar al maestro. 

Todos debemos reflexionar en la fe de esta mujer, que pudo dejar pasar a Jesús excusándose o diciendo que mucha gente le perseguía, o atreverse y acercarse para recibir su sanación. 

En ocasiones, como cristianos lo que más nos falla es la fe; hay situaciones o circunstancias que nos llenan de tanto temor que no nos acercamos a Jesús, sino que de forma inmediata preferimos vivir llenos de miedo, padeciendo ciclos que pueden durar una eternidad. 

Si leemos la historia, vemos que hay una multitud que sigue a Jesús, pero solo una persona tuvo un encuentro especial con el Señor. Todos podemos decir que servimos y amamos a Jesús, pero va más allá de lo que decimos, es nuestra acción de fe lo que revela nuestro corazón. 

Mantén una vida llena de fe 

Lo contrario a la fe es la incredulidad, y esta es una arma poderosa que usa el enemigo para hacernos desistir. 

Pareciera que con el pasar del tiempo, somos cada vez más incrédulos y hemos perdido el brillo de nuestra fe. A esto le sumamos los procesos de angustia y desesperación que comúnmente tenemos, que nos hace perder el enfoque de lo sobrenatural. 

Hemos dejado de creer en un Dios de pacto, para solo tener al Señor como un amuleto, pero no teniendo la certeza de que el responderá. Entonces, cada vez menos le pedimos por un milagro, sino que preferimos actuar por nuestro propio conocimiento. 

La mujer del flujo de sangre se pudo quedar con lo que le decían los médicos, pero ella prefirió conocer cara a cara al maestro, y dice la biblia que Jesús al verla le dijo: ¡Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz!

Jesús no indagó más sobre aquella mujer, solo pudo percibir un corazón lleno de fe, y esa fe que produjo tal milagro, es lo que siempre debemos admirar en la historia. 

Fe no es tener un espíritu positivo, fe es tener los ojos puestos en Jesús, tal y como lo dice la biblia en Hebreos 12:2 “Puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe…” 

Si mantenemos nuestra mirada en Jesús, podremos ser testigos de proezas, de milagros, de respuestas inauditas. Pero si mantenemos nuestros ojos en las circunstancias, problemas, o tormentas, puede que nuestra fe merme y pasemos ciclos enteros en la cárcel de la opresión.

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