Eclesiastés 3: 1Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. 

En muchas ocasiones me gusta reflexionar sobre el tiempo que tenemos en esta vida. De pequeños podemos pensar que el tiempo pasa lento, pero en un abrir y cerrar de ojos, vemos como nuestra vida ya comienza tomar otras responsabilidades, y nos volvemos adultos llenos de ocupaciones. 

Estamos en la era de todo rápido, del afán, la ansiedad, el consumismo, la era del poco tiempo. 

Las conversaciones son escasas de palabras, ahora todo es un ¡apúrate que no tengo tiempo!, para llegar al otro compromiso que nos espera. Pocas veces, o casi nunca nos sentamos a contemplar la naturaleza, a desconectarnos de la tecnología, o a solo tener un tiempo para nosotros. 

Incluso, armamos grandes agendas de muchas tareas, pero en poco tiempo, ¿será esto del todo beneficioso?, nos quejamos de la lluvia, nos quejamos del sol, nos quejamos del poco tiempo que tenemos, pero tampoco le damos un buen uso. 

Con esto no quiero incitar a que nunca debamos planificarnos, o hacer buen uso de nuestro tiempo, sino que deberíamos reflexionar si en realidad estamos disfrutando de la vida, no vaya hacer que se nos esté acabando el tiempo y después no haya marcha atrás. 

Si supieras que hasta el día de hoy es el último día que te mantuvieras con vida, cuál sería tu último deseo. ¿Qué quisieras disfrutar?

Hace días leía un poema muy hermoso de José Luis Borges, y pude comprender lo efímera que puede ser la vida, y como podemos mal utilizar el tiempo que Dios nos ha regalado. 

Te dejo un pequeño extracto para reflexionar: 

«Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto. Me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido. De hecho, me tomaría muy pocas cosas en serio. Sería menos higiénico. 

Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos, iría a más lugares donde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y ninguno imaginario”.

Cuando leía este hermoso poema, me di cuenta que hemos pasado mucho tiempo afanados y preocupados, perdiendo la esencia de lo que es ser feliz. 

También me vino el recuerdo de una madre primeriza, que recibe los primeros consejos de maternidad de sus antepasados, cuando se les dice: “No lo cargues mucho, déjalo en su cama solo desde la primera noche, no lo acostumbres a tus brazos, dale biberón, déjalo  llorar”, y por cumplir todos estos consejos, se pierde de todo el vínculo emocional que puede tener con su hijo, es decir, perdió el tiempo hermoso de sus primeros años, por seguir los consejos de otros. 

En ocasiones la vida no se trata de normas, de estatutos, de apariencia, en muchas ocasiones la vida se trata de vivir. De saber que el hoy es hoy y nada ganas pensando afanadamente por el mañana. 

Los años pasan y en tu memoria solo debes atesorar los momentos donde la felicidad no dependió de ti, sino de lo que había en tu ser interior. De lo que reíste, de lo que disfrutaste, de lo que amaste intensamente. 

Existe el tiempo de llorar y es cierto, pero también existe el tiempo de reír, el tiempo de gozar, el tiempo de entender que habrá cosas humanas que no podrás cambiar, pero la vida continua y debes vivirla al máximo.

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