1 Juan 4: 20 “Si alguno dice: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ha visto?”

Esta enseñanza es para todos aquellos que siguen a Dios, pero no dejan de salir el enojo y la rabia que opera en sus corazones. 

Sin duda, el enojo y el resentimiento son uno de los sentimientos más fuertes que habitan en nuestros corazones; y uno de los más fáciles de impartir en alguien, y es de lo que debemos deshacernos. 

Cuando alguien nos ofende de palabra o acción, cuando pasamos por momentos difíciles, o cuando alguien nos ha causado mucho daño, entonces generalmente llenamos nuestros corazones de resentimiento, dolor, rabia y frustración. 

El resentimiento es eso que se anida en el alma que nos hace vivir encadenado a un pasado doloroso, que nos impide avanzar. 

En esta ocasión, las razones por las que estas enojado pueden ser distintas, puede que hayas perdido a alguien que amas, puedes que te hayan traicionado, puede que hayas perdido un gran negocio, o que la rebeldía de tus hijos te esté causando una rabia incontrolable. 

No puedo minimizar esas razones, no es fácil perdonar cuando alguien ha atentado contra nuestra vida. No es fácil olvidar una violación, no es fácil olvidarse de una niñez difícil, es cierto. 

Todo esto es muy difícil, es cierto; pero de lo que no podemos olvidarnos nunca, es que cuando dejamos que el enojo haga una morada en nosotros, entonces solo estamos dañándonos nosotros mismos. Hay un momento, hay un día, donde debemos soltar el enojo que nos acompaña, y nos hace vivir frustrados. 

Cuando vivimos del resentimiento, nuestra vida se vuelve muy tóxica, y es allí donde debemos evaluar qué es lo que emana de nuestro espíritu. Si usamos nuestra boca para hablar con rabia sobre otras personas, y contaminamos la vida de otros con lo que decimos, entonces seguramente hemos edificado sobre nosotros un corazón enojado. 

Decir que amamos a Dios, pero dejar que la amargura opere en nuestras vidas, es una de las cosas más difíciles de entender. 

Cuando nos permitimos vivir así, entonces lidiamos con una carga muy grande que no solo puede dañar nuestra alma, sino que también ocasiona un mal para nuestro cuerpo físico. 

Ante todo esto debemos ser personas libres del enojo, de esa ira incontrolable, o de esos episodios de irritabilidad, que nos hacen decir lo incorrecto, y hablar con alevosía.

Las personas tóxicas cargan a los que están a su alrededor 

Cuando convives con una persona tóxica, resentida, o amargada, esta no solo se perjudica a sí misma, sino también a todos los que están a su alrededor. 

Compartir con una persona amargada, que siempre tiene algo que decir en contra de alguien, que maneja un lenguaje negativo, que critica sin parar, y que solo logra envenenar a través de sus palabras, crean un ambiente hostil, y termina generando una atmósfera poco agraciada. 

Eclesiastés 7: 9 No dejes que el enojo te haga perder la cabeza. Sólo en el pecho de los necios halla lugar el enojo.

El resentimiento es una enfermedad del alma, de eso no hay duda. Pero puede también ser muy contagioso. 

Cuando una persona actúa a través del enojo, puede fácilmente cargar tu vida de forma emocional, y es cuando sales de una visita que tal vez estabas esperando, un poco cargada y atribulada, por las toxicidad de esa persona. 

Efesios 4:31 Desechen todo lo que sea amargura, enojo, ira, gritería, calumnias, y todo tipo de maldad.

No permitas que el enojo haga una morada en ti, no permitas que esos sentimientos anti DIOS, se apoderen de tu corazón. No le estarás haciendo más daño que a ti mismo, así que pídele a Dios la sabiduría de soltar todo aquello que no viene de parte de él.

Todos los derechos reservado APLICACIÓN LA BIBLIA – 5Cinco 

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