¿Has escuchado en algún momento la palabra inefable?, existen situaciones que por mucho que busquemos una explicación concreta a una circunstancia, no la encontramos, o tal vez es muy difícil de expresar. 

Durante muchos años los creyentes describen a Dios como inefable, pues contener una descripción concreta a lo que sentimos cuando los buscamos o cuando nos dejamos guiar no es algo muy explícito que digamos. 

La vida encierra muchos misterios para nosotros, pero no significa que Dios no los conozca, es el omnisciente y Él sabe todo de nosotros. Solo que nuestra fe es probado cuando realmente no tenemos ninguna explicación. 

Salmo 69:32 Lo verán los oprimidos y se gozarán. Buscad a Dios y vivirá vuestro corazón.

Mucho más allá de las palabras

Y si pensamos mejor en dejar de un lado la explicación de palabras, y anhelamos de todo corazón su presencia, considero que así podríamos sentirlo, amarlo más, y por supuesto estar más cerca de Él. 

Dios nos tiene deparadas muchas cosas en esta vida, muchos momentos de amor, también procesos para procesar nuestra fe y buscarla más. Sin embargo, hay algo que nosotros debemos hacer y es buscarlo incesantemente. 

Salmo 14:2 El Señor mira desde el cielo sobre los hijos del hombre, para ver si había algún sensato que buscara a Dios. 

Un amor desde lo más profundo

¿Quién amó primero? ¿Quién lo ha dado todo? ¿Quién sigue dando gracia a través de sus promesas? Como se describe el inmenso amor de Dios para sus hijos, vemos cuán grande y poderoso es con las líneas de la historia, escritas para llevarnos al amor, la misericordia y compasión. 

Ese es el amor más profundo e inefable, en donde los hechos son muestras de gracia para con nosotros, en donde Jesús es nuestra mayor promesa de salvación, en donde cambiamos y somos redimidos por ese amor. 

Si como creyentes pudiéramos tan siquiera contemplar a plenitud ese acto de amor y gracia, nuestro cambio y agradecimiento sería tan perfecto y eterno, al punto que nuestros días y cada respirar sería solo para alabarlos y adorarlo. 

Colosenses 2: 9- 10 Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo; y en el que es la cabeza de todo poder y autoridad, ustedes han recibido esa plenitud. 

Lo que podamos estar viviendo hoy es solo parte de nuestro propósito, proceso y camino de salvación. Aquella promesa después de la muerte es la que debemos llevar con el verdadero amor, la salvación y al encuentro con nuestro Padre celestial.

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